29 de septiembre de 2026 - Tiempo de lectura 6 min
#VideoPodcast: Vodafone Lab Café, construyendo el futuro con la IA
La inteligencia artificial está cambiando ya la forma en la que trabajamos, creamos empresas y resolvemos problemas. Su velocidad de desarrollo y adopción es tal que muchas de las posibilidades que hasta hace poco parecían futuras ya forman parte del presente. Por eso, más allá de las grandes promesas y de la velocidad con la que aparecen nuevos modelos y herramientas, la verdadera cuestión para las organizaciones es cómo convertir esta tecnología en una oportunidad real.
En esta nueva edición de Vodafone Lab Café, damos un paso más y abordamos cómo aprovechar la IA en las empresas y emprender con ella, en una conversación en la que innovación, talento, formación y criterio se convierten en las claves para aprovechar todo el potencial de esta tecnología.
Carlos Becker, Director de Marketing y Desarrollo de Negocio en Vodafone Business, conversa con Anás Andaloussi, emprendedor, experto en IA y CEO de UDIA, y Pablo Soto, Director de Innovación e IA de Vodafone Business, sobre algunas de las cuestiones que más preocupan actualmente a empresas y profesionales: ¿destruirá la IA más empleos de los que creará? ¿Es realmente una tecnología cara? ¿Cómo empezar un proyecto de IA? ¿Qué papel deben desempeñar las personas? ¿Y cómo incorporar la gobernanza y el conocimiento colectivo a la estrategia de una organización? Te invitamos a ver el videopodcast completo, pero mientras, te hacemos un resumen de lo más destacado.
Vodafone Lab Café sobre inteligencia artificial para empresas
De la eficiencia a la oportunidad: qué puede aportar la IA a las empresas
Uno de los mensajes que atraviesa la conversación es que la IA no debería entenderse únicamente como una herramienta para reducir costes o automatizar tareas. También puede abrir una ventana de oportunidad para crear nuevos productos, desarrollar proyectos que antes estaban fuera del alcance de muchas empresas y permitir que las pymes compitan con organizaciones de mayor tamaño.
Pero para aprovecharla hace falta algo que las máquinas no aportan por sí solas: criterio. La IA puede acelerar la ejecución, generar contenidos, analizar información o automatizar procesos, pero corresponde a las personas decidir qué hacer, para qué hacerlo y qué impacto se quiere conseguir.
Como explica Anás Andaloussi, la diferencia entre profesionales no estará únicamente en utilizar IA, sino en saber utilizarla con criterio. Y esa combinación de tecnología y conocimiento puede convertirse también en una oportunidad para los propios trabajadores: automatizar una tarea no tiene por qué significar la desaparición de un puesto de trabajo, sino liberar tiempo para aportar más valor: “Lo único que va a diferenciar a un profesional de otro es que utilice la inteligencia artificial y luego, en segundo lugar, que utilice la inteligencia artificial con criterio.”
Una estrategia de IA empieza por un problema, no por una herramienta
Otro de los grandes mensajes del Vodafone Lab Café es la necesidad de evitar la tecnología por la tecnología. Antes de poner en marcha un proyecto de IA hay que identificar qué problema se quiere resolver y cuál es el objetivo que se pretende alcanzar.
Pablo Soto propone llevar esta estrategia a la práctica mediante cuatro pasos: auditar los procesos para identificar oportunidades reales, diseñar la automatización, desarrollarla y probarla, y finalmente medir su impacto. Para Soto, la IA no termina cuando se pone en funcionamiento un agente o una automatización, sino que es necesario seguir midiendo sus resultados y evolucionando: “La clave es tener claro lo que quieres arreglar, con qué herramienta vas a trabajar y tener a gente dispersa por toda la organización.”
Y esta transformación tampoco puede quedar limitada al departamento de tecnología. Para que la IA se integre realmente en una organización, es necesario que el conocimiento y la capacidad para identificar oportunidades estén presentes en las distintas áreas del negocio.
La IA de la compañía, no la IA de cada empleado
La conversación abordó también una cuestión cada vez más relevante sobre cómo gestionar el conocimiento generado mediante IA dentro de las organizaciones.
Utilizar herramientas de inteligencia artificial de manera individual puede aportar productividad, pero el verdadero salto se produce cuando el conocimiento, el contexto, la documentación y los procesos de la empresa se integran en un sistema común. El objetivo es pasar de la “IA de Carlos, Anas o Pablo” a la IA de la compañía, construida sobre el conocimiento colectivo de la organización.
Junto a esta visión más estratégica, la conversación abordó otro de los grandes debates en torno a la IA: su impacto en el mercado laboral. Frente al alarmismo generalizado, los datos compartidos durante la conversación ayudan a matizar el debate: solo un 3% de los despidos actuales estarían directamente vinculados a procesos de automatización por IA, mientras que un 9% de los profesionales en mercados avanzados reconocen haber mejorado sus condiciones laborales gracias a dominar estas herramientas.
Democratización, costes y agilidad para competir
La sesión también desmontó la idea de que la IA es una tecnología prohibitiva o exclusiva de las grandes corporaciones. Hoy, la bajada de costes de los modelos avanzados y el desarrollo de soluciones no-code y basadas en IA agéntica permiten que empresas con estructuras más pequeñas puedan ganar agilidad y desarrollar proyectos que antes requerían muchos más recursos.
Además, el gasto en tecnología no debe medirse de forma absoluta, sino en función del retorno de inversión (ROI) y de su capacidad para reducir costes asociados al software tradicional o a tareas manuales repetitivas.
Pablo Soto lo resume con una pregunta: “¿Qué es caro o barato? Siempre es relativo con lo que lo compares. Si me estoy gastando 80.000 € pero me está retornando 200.000 €, es rentable”.
Formarse para utilizar la IA con criterio
Mirando hacia el futuro del mercado laboral, los ponentes coincidieron en que las habilidades técnicas por sí solas ya no serán suficientes para diferenciarse. Lo que verdaderamente marcará la diferencia en las nuevas generaciones es el desarrollo de habilidades transversales: curiosidad constante, liderazgo y mentalidad intraemprendedora.
La velocidad de evolución de esta tecnología hace que la formación deje de ser una cuestión puntual. No se trata únicamente de aprender a utilizar una determinada herramienta, sino de comprender los fundamentos de la inteligencia artificial para poder adaptarse a los nuevos modelos y aplicaciones que vayan apareciendo.
La formación se convierte en una inversión en talento y en una forma de preparar a las organizaciones para aprovechar las oportunidades que ofrece la IA. La conversación también plantea una idea especialmente relevante: no todo debe automatizarse. Hay tareas en las que el valor está precisamente en el trabajo humano, mientras que otras pueden ser asistidas o directamente automatizadas. En palabras de Carlos Becker: “No se trata de aterrizar, sino de emprender con la IA.”
La inteligencia artificial está transformando el entorno empresarial, pero la tecnología por sí sola no garantiza el éxito. Becker lo resumió en tres claves: capacitación, criterio y determinación en la ejecución. Estos factores pueden marcarla diferencia a la hora de convertir la IA en una verdadera ventaja competitiva.
De utilizar la IA a emprender con ella
¿Cómo están utilizando la IA quienes ya la han incorporado a su día a día?, ¿por dónde puede empezar una empresa?, ¿qué papel tendrán las personas, los agentes de IA y el conocimiento colectivo?, ¿y cómo convertir esta tecnología en una oportunidad de crecimiento?
La conversación del Vodafone Lab Café aborda estas cuestiones desde diferentes perspectivas y llega a una conclusión común: aprovechar el potencial de la IA requiere combinar tecnología, conocimiento y criterio para convertir las oportunidades en proyectos capaces de aportar valor real al negocio.
La atención telefónica sigue siendo para muchos usuarios la puerta de entrada a los servicios públicos. Permite resolver dudas, realizar gestiones, comunicar incidencias o solicitar asistencia ante una emergencia. Pero no todas las llamadas tienen la misma urgencia ni pueden gestionarse de la misma forma.
Los modelos basados en centralitas aisladas y procesos manuales tienen dificultades para absorber los picos de demanda, priorizar las comunicaciones más críticas y conectar la atención telefónica con los sistemas internos de las administraciones públicas. Por eso, la optimización de llamadas 010, 092 y 080 se ha convertido en una pieza importante de la digitalización de la atención ciudadana.
Tras el aplazamiento aprobado por el Gobierno en diciembre del pasado año, el calendario Verifactu 2026-2027 entra en su fase decisiva. Las empresas sujetas al Impuesto sobre Sociedades deberán tener adaptados sus sistemas de facturación antes del 1 de enero de 2027, mientras que para el resto de obligados el plazo se extiende hasta el 1 de julio.
Para las pymes, 2026 se convierte así en un año clave para revisar herramientas y procesos y comprobar que su software cumple los nuevos requisitos de los Sistemas Informáticos de Facturación establecidos por la AEAT. Anticiparse permitirá afrontar el cambio con margen y evitar problemas cuando llegue la fecha límite.
El Punto de Información Único (PIU) está llamado a convertirse en una de las principales herramientas para conectar mejor las infraestructuras, acelerar los proyectos y facilitar el despliegue de redes de alta capacidad que serán clave para la economía digital de los próximos años. La iniciativa responde a un nuevo marco regulatorio europeo que busca facilitar y hacer más eficiente el despliegue de estas redes.
Nuestro país ha desplegado una de las infraestructuras de conectividad más avanzadas de Europa. La extensión de la fibra óptica y el rápido crecimiento de las redes 5G han situado a España en una posición privilegiada. Ahora, el reto de la conectividad ya no consiste únicamente en construir más redes, sino en desplegarlas de forma más rápida, eficiente y sostenible. Para lograrlo será esencial el Punto de Información Único PIU, una plataforma digital destinada a centralizar información sobre infraestructuras físicas, obras civiles, permisos y procedimientos administrativos relacionados con el despliegue de redes de comunicaciones electrónicas.
Su objetivo es sencillo, aunque su impacto puede ser complejo: que antes de abrir una zanja para desplegar una nueva red, sea posible saber qué infraestructuras ya existen y si pueden utilizarse. Vamos a profundizar un poco en cómo puede condicionar el desarrollo de las infraestructuras críticas en los próximos años.
El Black Friday 2026 volverá a poner a prueba la capacidad logística de muchas pymes españolas. El fuerte incremento de pedidos en un corto periodo de tiempo puede saturar las rutas de reparto, aumentar los costes operativos y convertir cualquier incidencia en un problema para cumplir los plazos de entrega.
Prepararse con antelación permite dimensionar mejor los recursos, anticipar posibles cuellos de botella y escalar la gestión de flotas durante el Black Friday sin aumentar innecesariamente la estructura fija de costes. La tecnología y la conectividad IoT pueden desempeñar un papel importante para ganar visibilidad y capacidad de reacción durante los momentos de mayor demanda.
En 2027, la digitalización de los negocios será un factor clave para mantener la competitividad de las pequeñas y medianas empresas. La evolución de la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas exigencias en materia de datos están acelerando un cambio que obliga a revisar procesos, herramientas y modelos de trabajo.
Pero avanzar no consiste únicamente en incorporar nuevas tecnologías. También implica saber identificar qué soluciones responden realmente a las necesidades de cada negocio y encontrar referencias, conocimiento y acompañamiento que ayuden a convertir la innovación en mejoras concretas.
Este verano he vivido dos experiencias en Estados Unidos que me han hecho reflexionar sobre algo mucho más profundo que la tecnología. Me han hecho pensar sobre cómo las decisiones regulatorias y los modelos de inversión acaban determinando el progreso de los países.
Ambas ocurrieron en dos eventos multitudinarios: la final de la Copa del Mundo de fútbol en Nueva Jersey y un concierto de Karol G en Las Vegas.
Cualquiera que haya asistido a un gran evento en España conoce la situación. Decenas de miles de personas intentando utilizar el móvil al mismo tiempo: los mensajes tardan en salir, las aplicaciones dejan de responder. A veces incluso realizar una simple llamada de voz se convierte en una misión imposible.
Sin embargo, en Estados Unidos la experiencia fue radicalmente distinta.
Pude navegar con normalidad, realizar videollamadas con España, compartir vídeos en tiempo real y hacer streaming en directo desde mi asiento. Todo ello rodeado por decenas de miles de personas haciendo exactamente lo mismo.
La diferencia no era el terminal. Tampoco las aplicaciones. La diferencia estaba en la red.
Durante años, Europa lideró el desarrollo de las telecomunicaciones. Fuimos referencia mundial en despliegues móviles y en innovación regulatoria. En la era del 2G, el 3G e incluso gran parte del ciclo del 4G, nuestras redes eran admiradas en todo el mundo. Pero algo cambió… Mientras Estados Unidos consolidaba un modelo basado en pocos operadores con gran capacidad inversora, Europa avanzó hacia una fragmentación creciente. Más operadores, más competencia y una presión constante sobre los precios que tiene en España a su ejemplo más evidente.
El resultado es que los consumidores europeos disfrutamos de algunas de las tarifas más económicas del mundo. Pero esa ventaja tiene un coste que rara vez aparece en el debate público: menores márgenes, menor rentabilidad y, en consecuencia, menor capacidad de inversión. Y en telecomunicaciones, cuando se deja de invertir, se deja de avanzar.
La pregunta es tan sencilla cómo incómoda:
¿Estamos sacrificando el futuro por pagar unos euros menos al mes?
Porque las redes de nueva generación no son un fin en sí mismas. Son la infraestructura sobre la que se construye la siguiente ola de innovación.
Y aquí aparece mi segunda experiencia.
Durante una estancia en San Francisco utilicé varias veces los taxis autónomos de Waymo. No hablo de una demostración tecnológica ni de un piloto experimental, hablo de casi mil vehículos sin conductor circulando por la ciudad, recogiendo pasajeros y operando con absoluta naturalidad como parte del día a día de miles de personas.
Lo sorprendente no fue que funcionaran. Lo sorprendente fue darme cuenta de que el futuro ya había llegado y en mi país estábamos muy lejos de él.
Mientras en muchos lugares de Europa seguimos debatiendo cuándo será posible el coche autónomo, en algunas ciudades estadounidenses ya es una realidad cotidiana.
Por supuesto, detrás de este avance hay inteligencia artificial, capacidades de computación y enormes volúmenes de datos pero también hay algo mucho menos visible: infraestructuras digitales de primer nivel.
La movilidad autónoma, las ciudades inteligentes, la industria conectada, la telemedicina avanzada o la automatización masiva requieren de redes ultrarrápidas con baja latencia y una cobertura prácticamente perfecta.
Y eso sólo es posible en un entorno de inversión constante por parte de los operadores y esa inversión sólo puede producirse de forma sostenida cuando existen modelos económicos que la permitan.
El entorno actual convierte esas inversiones simplemente en gastos.
Europa ha optado históricamente por un enfoque regulatorio basado en el garantismo, la protección del consumidor y el fomento de la competencia. Son objetivos legítimos y han generado enormes beneficios para los ciudadanos.
Sin embargo, también debemos preguntarnos si el equilibrio actual sigue siendo el adecuado para competir en un mundo donde Estados Unidos acelera y China invierte a una velocidad difícil de igualar.
Porque el verdadero debate ya no es únicamente quién ofrece la tarifa más barata. El verdadero debate es si tenemos el entorno para facilitar la construcción de las infraestructuras que permitirán desarrollar las empresas, los empleos y los servicios de la próxima década.
Las redes de telecomunicaciones ya no son sólo una herramienta de comunicación. Son la carretera por la que circula la economía digital.
Y cuando una región deja de liderar la construcción de carreteras, tarde o temprano también deja de liderar el tráfico.
Europa fue pionera y marcó el camino pero hoy corre el riesgo de conformarse con gestionar el presente mientras otros están construyendo el futuro.
Y la pregunta que debemos hacernos es tan simple como trascendental:
¿Queremos seguir siendo consumidores de la innovación o volver a ser quienes la hacen posible?
Otro día hablaremos de China y Japón. Porque, si la comparación con Estados Unidos ya resulta incómoda, la fotografía global puede ser todavía más preocupante para la vieja Europa. Sirva de adelanto de mi opinión este artículo de mi compañero Jesús Suso cuyas palabras hago mías: